De espíritu viajero

Lo que Roma me dejó

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Roma me dejó un manto estrellado sobre el cielo en una noche fresca de otoño italiano, saboreando pizza di melanzane en la Piazza della Rotonda y  empapando mis ojos de  encanto con la arquitectura del Pantheon di Agrippa, mientras que unos músicos callejeros tocaban La vita é bella de Nicola Piovani.

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Su tráfico desenfrenado que amenazaba con pasar por encima a todo aquel turista distraído que transitaba por sus calles angostas, y la majestuosidad de la Fontana di Trevi , a la que le lancé una moneda de veinticinco centavos argentinos con mi mano derecha sobre mi hombro izquierdo, con el deseo que el viaje de la vida me vuelva a dejar por las calles de la Ciudad Eterna.

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Largas horas de caminatas por una metrópolis cargada de historia, arte y cultura que te sorprende a la vuelta de la esquina con algún monumento que demuestra la grandeza del imperio romano. Del que tanto leía de niña en las revistas Anteojito Billiken en Argentina.

También me dejó el aroma al caffè espresso alojado en mi memoria. De ese por el que pasábamos cada mañana antes de comenzar nuestro día, y bebíamos de pie en la barra de la pasticceria de la esquina del hotel donde nos alojábamos.  El que se toma de un trago y sin vacilar, y a mi me costaba terminar por la falta de costumbre de mi paladar al fuerte sabor del café italiano.

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Un encuentro con la construcción más emblemática de Roma, il colosseo, en el que la realidad no superó mis altas expectativas. Me provocaba escalofríos el pensar en la sangre que corrió dentro de estas paredes con el fin de entretener. Sin embargo, fue grandioso el estar coexistiendo con ese complejo que se remonta a unos dos mil años en la historia.

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Me dejó Piazza di Spagna con sus famosas escalinatas a las que no pude ascender  porque se encontraban en reparación, la sirena ensordecedora del patrullero al menos tres veces cada sesenta minutos, un tren que me dejó en el andén de Termini por llegar diez segundos más tarde del horario de partida anunciado, advertencias ajenas de caminar con cuidado por la inseguridad- aunque no fue necesario-, una ciudad caótica, un sueño cumplido y unas ganas terribles de volverla a ver; tiene un aire mágico, ese no se qué que te genera ganas de regresar una y mil veces.

 

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De espíritu viajero

Una caminata con destino a Machu Picchu

El camino del Inca Sagrado – o express- es una alternativa  del Camino Inca tradicional de cuatro días. Ideal para quienes desean realizar una travesía más corta, o para aquellos que como nosotros, se quedan sin lugar en el clásico ya que es necesario contratarlo con mucha anticipación, especialmente de junio a agosto que es la temporada alta. No obstante, siendo la segunda opción, el Camino del Inca Sagrado fue una experiencia inolvidable, incluso mágica. De esas que son difíciles de describir con palabras.

¡Que disfrutes el relato!

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